Lliria. Tarde del 7 de abril de 1990.
Real Monasterio San Miguel (Liria), 7 de
abril de 1990
Casa de Espiritualidad de Benirrerà. Jueves
Santo, 23 de marzo de 1989.
Ejercicios
espirituales del Centro de Orientación Vocacional.
Mi primer
encuentro con quienes serían mis compañeros de seminario y de curso.
Hola
Jesucristo:
Desde
esta casa de espiritualidad te escribo hoy Jueves Santo del año 1989, después
de Ti.
Se que
en esta atroz agonía te hallas solo, tus mejores amigos no han podido resistir
aquellos gritos, lamentos y gemidos que de tus venerables labios manan, no, son
hombres y no soportan el dolor, compartir esta bebida amarga como la hiel.
Intentan evadirse, olvidar el problema durmiendo. Cuantas veces los hombres te
abandonamos en los momentos de angustia, Getsemaní, seguimos otro camino, nos
dormimos y te dejamos a Ti, con la sola compañía de la blanca y solitaria luna.
Y yo, cuando los problemas me acosan busco el trabajo, la lectura, el sueño,…
para olvidarlos. Y sin embargo no acepto sumiso el cáliz, ni me acerco a ti, en
el sagrario para pedirte ayuda, mi soberbia me impide verme insuficiente,
árido, para recibir la cruz, la aparto.
Sin
embargo en esta noche santa, te muestras como un hombre, atormentado por el
dolor que te persigue, triste, pálido y llorando, más Tú me enseñas a acercarme
a Dios en las noches oscuras, antes de sufrir el tormento. Es en el Padre donde
está el consuelo, en él se encuentra la paz y las fuerzas para seguir, para
abrirnos al dolor, enfrentados a él con la espada del valor y el escudo de la
fe. Tú, Señor, hallaste gran consuelo, sabías que el Padre te escuchaba, no le
insultaste, ni le recriminaste, sino aceptaste tu voluntad a pesar de ser tan
terrible, aceptando beber el cáliz. El Padre no te abandonó, te envió un ángel
para que e consolase, no para apartarte de la cruz, sino para darte valor.
Jesús.
Gracias, gracias por enseñarme a orar, a colocar el mañana, el sufrimiento en
manos de Dios, a andar delante de mí, a recorrer antes que yo el camino, la
pasión que cada cristiano personaliza en el quehacer cotidiano, por demostrarme
que aún siendo duro el camino, se supera, se llega a la Resurrección, fin de
todo tormento y principio de todo gozo.
Gracias
Jesucristo.
José A.
Boix.
Casa de Espiritualidad de San Miguel de
Lliria. 6 de abril de 1990.
Ejercicios
espirituales de primer curso del Seminario Mayor La Inmaculada.
En el Seminario Mayor era costumbre realizar
los ejercicios espirituales cada año desde el Viernes de Pasión hasta el
Miércoles Santo, concluyendo los días de silencio y oración con la Misa Crismal
celebrada en la Catedral de Valencia.
Aquel año nos desplazamos a la antigua casa
de espiritualidad del Monasterio de San Miguel de Lliria, dirigida por las
Franciscanas de la Inmaculada. Años después la congregación abandonó el lugar
y fue cerrada la casa. Austera y pobre,
formada por sucesivas edificaciones sobre la ladera de la montaña, con un
espacio para pasear y contemplar la comarca del Camp de Túria, con Riba-roja
formando la línea occidental y en el centro el Santuario de la Virgen de
Montiel.
Los ejercicios fueron dirigidos por aquel entonces
servía a la Iglesia como Vicario Episcopal de la Vicaría de Alcoi, D. Rafael
Albert.
Hola
Jesús:
Ya ves,
ha pasado un año y vuelvo a empezar, con la experiencia del anterior ejercicio.
Aquel fue maravilloso y realmente derramaste tu gracia sobre nosotros. Aprendí
a amarte en el diálogo, a prescindir de devocionarios para entrar en intimidad
contigo, a vivir la Pascua con todo su sentido, a abrirme a unos jóvenes que
días antes era un misterio. Allí nació para mí la comunidad del seminario.
Ahora
aquí, en este monasterio tan entrañable espero conocerte más, recibir el
oxigeno que brota de tu corazón llagado e inaugurar una nueva etapa, orar,
sentir tu voz, tener el corazón lleno para vivir la Pascua y manifestar a todos
los que me rodean que soy feliz, pues tú me amas. Que sea la culminación de la
cuaresma y la inauguración de otra llena de sinceridad y vivencia interior.
Jesucristo
ámame, háblame, envía tu Espíritu a esta comunidad y llena mi corazón.
Real Monasterio San Miguel (Liria), 7 de
abril de 1990
Hola
Jesús:
¿Qué
tal te encuentras en mi corazón?
Sí,
comprendo que hay muchas telarañas y a veces la fuente que brota de ti se
estanca, pero en este tiempo voy a intentar quitar las telarañas y desatascar
la cañería, pues te amo.
¿Quié eres?,
¡Qué profundidad hay en esta pregunta!, pero realmente tú eres amor, paz,
silencio, misterio, vida, esperanza, noche estrellada, monte, árbol, remolino,
canto del ruiseñor, camino, pero también eres cruz, sufrimiento, voz que grita,
voz que interpela, profeta. Sí, eres una mezcla de dolor y salud, paz y guerra,
muerte y vida, pero unidas en el amor; por amor asumo el dolor y el amor da
sentido al sufrimiento y lo transforma en salud; por amor sufro una guerra
entre mi inclinación al pecado y mi conciencia, tu voz, pero el amor perdona
mis pecados y con el amor siento la paz; por amor muero en el mundo y el amor
resucita mi cuerpo muerto en el mundo. Jesús cuan gran misterio eres, te
conozco, mas poco, pues hoy quiero conocerte más.
Y,
¿dónde estás? Ahora te encuentro en mi corazón, cuando contemplo este verde
paisaje veo tu rostro. Estás también en el azul del cielo, en las hermanas que
nos cuidan, en las manos que quitan el plato de la mesa, en mis hermanos que
rezan y me ayudan, en el director de estos ejercicios, en su palabra, en el
sacerdote, en sus manos que consagran el pan y el vino, en la comunión, en la
eucaristía, en el sagrario, en la palabra, en la Biblia, en aquella frase que
me interpela, en los monjes, en el pobre sentado a la puerta de la catedral, en
los pasillos de este monasterio y en mí, junto a mí, en lo más profundo de mi
corazón. Ahí estás, sentado, mirando con mis ojos, sintiendo frío o calor,
hablándome. Estás aquí, solo falta llamar a la puerta y tú, en la medida que la
puerta posea muchos cerrojos y obstáculos, vendrás a abrirme. Jesús ahí estás.
No necesito más ahora, también en el hermano, a él debe ser el objeto del
labora, mi corazón el objeto del ora, los dos el objeto del diálogo.
Real Monasterio San Miguel (Liria), 7 de
abril de 1990
Hola
Jesús:
Te
busco y te encuentro. Cuanto tengo que agradecerte. Me has dado tanto. Siempre
que te pedí algo me lo has ofrecido. Te amo, porque un Viernes Santo me
llamaste. ¿Recuerdas? A un niño y sentí que mi vocación era servirte a ti.
Después me diste unos excelentes compañeros, unos maravillosos amigos y ahora unos encantadores hermanos,
gracias.
En la
oración he sentido la paz y tu presencia. Simpre he sabido que estabas allí, en
el sagrario, pero progresivamente has ido abriéndote, revelándote, a través de
las circunstancias. A pesar de mi idolatría, mi pecado, mi infidelidad de los
años pasados, me amas. Has olvidado y conmigo has iniciado un nuevo camino.
Jesús
eres todo misericordia. Cuando me perdonas me ayudas para no pecar, me aceptas
con mis debilidades, invitándome a la conversión. He de vivir como tú. Me has
ayudado durante los estudios. Ya ves, desde séptimo [de E.G.B., Plan del 70] todo
ha ido estupendamente. Tu Espíritu me ha alentado en los examenes, mis notas no
son las mías, sino las nuestras. Los dos hemos aprobado COU y el primer
semestre.
Siempre
junto a mí, alentándome. Si tuviera que concederte un título te llamaría “Amigo de nunca falla”. Siempre cerca, en
los momentos de dolor has estado junto a mí, caminando con tu cruz y con la
parte más pesada de la mía. Recuerdo las noches, juntos caminando entre las
estrellas, “el terrat”, Pirineos,
Torla, carretera, Xeraco, lugares donde el firmamento era el espejo de tu
rostro. Recuerdo aquel 21 de diciembre, los veranos del 88 y 89. Tú junto a mí.
Oración, meditación, reflexión. Siempre en mí. Las tardes frente a ti en la
contemplación de tu Cuerpo [la eucaristía], las noches de retiro, los Viernes
Santo, tantos días de contemplación. Pero también te recuerdo llorando, con el
corazón estrangulado por la serpiente, sintiendo angustia y pesar en la noche. Momentos
en los que tuve que someterme a tu voluntad y beber de tu caliz, degustarlo
hasta encontrar el sabor de tu sangre. Sí, también he bebido del cáliz con
lágrimas mezcladas con vino. ¿Recuerdas los pasados ejercicios? Atormentado por
la inseguridad.
Pero
valieron la pensa. Cuan dichoso fue el día en que Vicente [director del Centro
de Orientación Vocacional] me dio una de las mejores noticias. Las puertas del
seminario se abrían para recibirme. La charla con Agustín Cortés. ¡Cuánto
disfrute con este sacerdote! Tan abierto que rompe las barreras, y la subida al
“Miquelet” fue el cenit. Subí al techo de Valencia, a la gloria acompañado por
el ángel “Dichoso” y el ángel “Gozo”. Momentos en el seminario y en la
parroquia. Tú estabas conmigo.
Jesús
gracias pues muchas veces me has desmochado, pues aquel árbol no crecía según tu
proyecto. Era un ciprés y tú querías un naranjo que cobijase a los pajaritos,
que mirase el suelo y diese fruto.
Jesús
gracias, que casualidad. Ahora suenan las campanas de Liria. Me recuerda cuando
caminaba hacia la iglesia de Torla, solo y acompañado por tan buen amigo, la
campana desde el valle de Ordesa. Qué preciosidad. Mañana celebraremos tu
entrada triunfal en la Jerusalén celeste.
Jesús
recuerdo aquel día en la capilla de la Virgen del Oreto. Sentí tan cerca tu
presencia. Mi corazón era una tea. También recuerdo cuando ayudé a mi abuelo
Leonardo en el hospital. Me sentí útil. Podía pagar un poco lo mucho que este
santo hombre hace por mí. Sí, ayudando al anciano, al enfermo, experimento tu
presencia. Eres tú a quien cuido. Y cuando visité al tío Vicente en el hospital
Peset Alexandre. Tanto dolor, tanto sufrimiento y en aquella habitación una
santa mujer, la tía Oreto, lo cuidaba como a las niñas de sus ojos.
Hay
tantas persona santas. Mi tía Oreto, mi madre Carmen (tanto sacrificio por mí),
los padres, luchadores anónimos, mi padre, los ancianos y enfermos, mi abuela
Carmen (que sacrificó su lecho de dolor y fue crucificada en aquella habitación
y siempre manifestando la alegría que no le producía su cuerpo, sino Tú.
Jesús
te manifiestas cada día, te amo, pues tú me has amado primero.
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